Siempre ahí
quieto, generoso y altivo
como flotando en la bahía
al amanecer el sol entibia su falda,
plagada de hogares obreros
y en la noche,
cuando todos duermen,
se transforma en un montículo
de piedras preciosas
despidiendo la luna llena que,
para aliviar dolores,
se arrima, se arrima.

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